IV Centenario de Cervantes – 1/5

De Alcalá de Henares a La Mancha

De La Mancha a Alcalá de Henares

01/05

 

Este año celebramos el cuarto centenario de la muerte del mejor escritor en español de todos los tiempos, Miguel de Cervantes Saavedra. De eso estamos seguros.

No tanto de cuáles son sus restos mortuorios, identificados precipitadamente y bajo la virtud de la fe, lo que los iguala a los de Santiago, Patrón de España.

Don Niceto Alcalá Zamora, Presidente de la República en 1932 dice en sus memorias: “En el otoño de 1932 la junta de gobierno de la Academia Española me rogó hiciera una gestión del gobierno para impedir que se consumara el vergonzoso riesgo en que estaban las cenizas de Cervantes para ser vendidas en subasta pública. Era el caso que enterrado sin duda alguna el autor del Quijote en el patio del pequeño convento de Trinitarias de la calle Lope de Vega, no lograron jamás las investigaciones pacientes y eruditas diferenciar aquellas cenizas de otras de distintas personas mediocres y aun vulgares, que allí habían hallado también su último reposo.

 

¿Dónde nació Cervantes? Hay varios pueblos y ciudades que, con mayor o menor intensidad y propia documentación, pretenden irrogarse ser la patria chica del escritor. Desde la comarca de Becerreá en Lugo, Sanabria en Zamora (ver Dulcinea de Sanabria de Joaquín García Fernández, y diversa obra del sanabrés y profesor de Derecho de la Universidad de Ginebra, Leandro Rodríguez), Alcázar de San Juan (Ciudad Real), Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), Argamasilla de Alba (Ciudad Real), El Toboso (Toledo), hasta otros sitios más peregrinos como el propuesto hace unos días por Miquel Izquierdo Perán que, según él, mediante el análisis de las obras de Cervantes y Shakespeare con un código masónico del siglo XVII, ambos eran la misma persona, llamada Joan Miquel Sirvent y vivía en Jijona, obra escrita en lengua catalana.

El historiador alcalaíno José Carlos Canalda escribe en 2014 que “Bajo el título Reivindicación de la auténtica investigación biográfica de Miguel de Cervantes, el doctor Emilio Maganto Pavón sale al paso de toda una serie de teorías peregrinas, cuando no directamente delirantes, que en estos últimos tiempos han pretendido cuestionar el nacimiento de Cervantes en Alcalá”.

El Dr. Maganto dice que “en referencia a Alcázar de San Juan, hace más de un siglo que Juan Leal Atienza, un alcazareño sin complejos y exento de toda patriotería, demostró que Alcázar no era la cuna de Cervantes en su libro(Fin de una polémica: Tercer Centenario de Cervantes. Tradición de su nacimiento en Alcázar de San Juan, Ciudad Real 1916), obra muy documentada que refrendaba otra de M. Foronda y Aguilera (Cervantes en la Exposición Histórico-Europea, Madrid 1894).

No hace muchas fechas, el que fue Presidente Socialista de la Autonomía de Castilla La Mancha, José María Barreda Fontes, escribió que “en Alcázar de San Juan están convencidos de que en la pila de Santa María la Mayor bautizaron a Miguel, hijo de Blas Cervantes Saavedra y de Catalina López; así como se ha transmitido de generación en generación el sitio que ocupaba la que fue su casa natal. Yo, desde luego, he visto y leído la partida de nacimiento de Santa María la Mayor donde, sin tachaduras ni raspaduras, está escrito:  “En nueve días del mes de noviembre de mil quinientos y cincuenta y ocho, bautizó el Bachiller Alonso Díaz Pajares un hijo de Blas Cervantes Saavedra y de Catalina López, que le puso nombre Miguel”.

Victoriano Santana Sanjurjo es el autor de un documentado artículo que se publicó en 1995 con el título Cervantes, hidalgo y español. Dice así:

“En la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares se conserva la fe bautismal de Miguel de Cervantes. El 9 de octubre de 1547 tuvo lugar el hecho religioso. ¿Cuándo nació? Se cree que el 29 de septiembre. La base de esta suposición está en el nombre, ya que en este día el santoral católico celebra el día de San Miguel Arcángel. La proximidad con la fecha del bautismo y la arraigada tradición española de bautizar al recién nacido con el nombre del santo del día de su nacimiento parecen apuntar a que, efectivamente, tal día como el señalado nació.

A esta justificación se ha añadido otra nada desdeñable: el hecho de que ningún familiar cercano, o persona más allegada a la familia, se llamase Miguel. De haber sido así, podríamos justificar el nombre del niño a partir de esta circunstancia.

Hasta aquí todo va bien, pero me resulta incongruente apelar a una tradición española como la citada y no tener presente otra igualmente enraizada en nuestra cultura: poner al primogénito el nombre del padre. Ese primer hijo varón de don Rodrigo de Cervantes y doña Leonor de Cortinas —padres de nuestro personaje— se llamó Andrés. De él sólo sabemos que murió muy pronto. Más tarde nacieron dos mujeres: Andrea (1544) —cuyo nombre posiblemente tuvo su origen en el del hermano fallecido— y Luisa (1546). Cuando Miguel nació se convirtió, por tanto, en el único varón de la familia. Podría argumentarse que no es obligatorio bautizar al recién nacido con el nombre del santo del día de su nacimiento o con el de su padre en el caso de ser primogénito; es cierto, pero entonces ¿por qué a su hermano, nacido tres años más tarde que Miguel sí se le puso el nombre de su padre? Evidentemente, de lo que no cabe la menor duda es que entre las pretensiones paternas debía estar la de bautizar a uno de sus hijos varones con su nombre. ¿Por qué no al autor del Quijote?

En la búsqueda de una respuesta a esta pregunta me topé con dos hechos muy significativos: por un lado, un precepto eclesiástico vigente en su momento y en el que se condenaba con culpa venial “al que, sin necesidad ni peligro, tarda más de ocho días en llevar al recién nacido a las fuentes bautismales”, y, por el otro, la costumbre de no demorar el bautizo más allá de tres días después del nacimiento, salvo que el pequeño corriera peligro. El bautizo de Cervantes excedió ambos plazos. ¿Pudo, nada más nacer, estar en peligro su vida? ¿Fue esta situación la que motivó un retraso como el referido?

El temor por la vida del tierno Miguel pudo incitar a la familia a hacer una promesa al santo que lo vio nacer —costumbre también muy enraizada en nuestra tradición—. Salvado éste de cualquier riesgo, en agradecimiento, lo llamaron como lo conocemos. Esta teoría, a diferencia de las anteriores, nos permitiría demostrar por qué su bautizo se retrasó y por qué siendo el primogénito no llegó a llamarse Rodrigo, como su padre”.

 

Cerv 01

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