Salvad al que acepte salvarse

Soy ex-toxicómano. De nicotina. De tabaco. Empecé a fumar con catorce años. Celtas Cortos. Te hacía más hombre, parecías mayor, las chicas te miraban de otra forma, y prácticamente pasabas desapercibido porque todo el mundo fumaba en todos los sitios, hasta en el cine y en los hospitales.

Quien así habla es un amigo y compañero, dos palabras que usamos las más de las veces de forma equivocada. Compañeros de trabajo abarca un concepto en el que se encuentran los coincidentes laborales, los inadaptados, los Robinson Crusoe, los subordinados, los jefes, los colaterales, los envidiosos, los enemigos, los de borrachera, los amiguetes y los amigos, éstos últimos son aquellos a los que llamas a las cuatro de la madrugada a su casa para que te lleven a urgencias y se quedan contigo hasta saber qué es lo que tienes verdaderamente, aunque sean las nueve de la mañana.

 

Dejé de fumar hace veinte años – continúa – eso no se olvida nunca. Fumaba dos paquetes y medio al día, el primero en la cama, cuando sonaba el despertador, antes de levantarme. Un compañero que estaba en Cuba me envió, en una caja de madera muy bonita, tres puros Cohiba Espléndidos de unos treinta centímetros cada uno, a los que solo tenían acceso en España muy pocas personas, entre ellos Felipe González y José María Mohedano. Y otro que estaba en Suecia, unos parches muy pequeñitos, que entonces no habían llegado aún a nuestro país, con dosis aminoradas progresivamente de nicotina, que te ayudaban a superar “el mono” del tabaco.

 

Un domingo, me acuerdo como si hubiese sido ayer, me levanté temprano, me duché, desayune, y me senté en el sillón del salón de mi casa. Me fumé los tres puros, uno tras otro, lentamente, disfrutando cada momento, cada calada, tragando el humo hasta lo más hondo que podía, sin levantarme en todo el día ni para comer. Cuando acabé, ya había anochecido. Me duché. Me puse uno de los parches suecos, el primero, pues venían numerados. Me acosté. Y hasta hoy. No he vuelto a fumar un solo cigarrillo, a dar ni una sola calada, aunque me sigue gustando fumar, soy consciente de la dependencia de la nicotina, y si lo pruebo estoy seguro que vuelvo a caer. Estoy curado, pero las toxicomanías son perpetuas.

 

Ahora soy prejubilado y colaboro en un grupo de Voluntarios que ha articulado la empresa en la que trabajé, como forma de jubilación activa, para hacer algo que rompa la monotonía de no hacer nada cada día. Mi grupo, pues hay varios dedicados a diferentes temas, nos ocupamos de los toxicómanos de “guante blanco”, esos que no lo parece pero lo son, que no producen alarma social, pero infelices desde que se levantan hasta que se acuestan, porque son conscientes, aunque no lo reconozcan, de sus debilidades.

 

Toxicómanos de nicotina, dependencia del tabaco, paran en el trabajo para salir a la calle a fumar constantemente, antes o después tienen total libertad para fumar en la calle porque son despedidos, no rinden como la empresa quisiera.

 

Toxicómanos del alcohol, a la segunda copa se les traba la lengua, ellos se creen sobrios pero todo el mundo se da cuenta que están ebrios, nadie quiere salir con ellos, pierden los amigos, las mujeres y el trabajo porque, siempre antes que después, nadie se fía de quien no sabe controlar su vida.

 

Toxicómanos del juego, máquinas tragaperras, juego desaforado, manejan las máquinas con extrema rapidez y destreza, partida tras partida; póker, siempre es el más atrevido y el que más pierde; cartas, casino, piensa que es más listo que el que inventó cada juego y su objetivo es demostrase que puede ganarle.

 

Toxi 1Toxicómanos de drogas blandas, una par de porretes de cuando en cuando, se van alargando las noches, algo más fuerte para aguantar, unas pirulas, una rayita, y cuando se quieren dar cuenta, están establecidos en las drogas duras, pequeños hurtos al principio para sufragar la compra, luego robos, los ojos los delatan, o trabajan mucho o trabajan poco, pero al final también quedan en la calle sin trabajo, sin amor ni compañía. Este tipo de toxicómanos son mayoritariamente hombres (81%) y solteros (58%) y nueve de cada diez son españoles. El 34% solo ha alcanzado el nivel de estudios primarios y el 47% tiene un nivel socioeconómico medio, según los últimos datos publicados, referidos al año 2013.

 

Toxicómanos del trabajo, que enfundados en su traje de “ambiciosos” pululan por oficinas vacías porque más vacía está su vida, una vida que se niegan a mirar con los ojos de los que en verdad quieren mejorar, ya no en el escalafón laboral, sino en el escalafón de la vida que, al final, es la que de verdad importa.

 

Toxicómanos del sexo en internet, ese sexo que no precisa abrir el alma sino las páginas y la billetera pero que permite escoger, como si de un objeto se tratara, la fantasía de ser deseado, de ser mirado por aquélla que en la calle jamás se hubiera acercado, y todo a golpe de ratón y bolsillo ancho.

 

Toxicómanos todos, pero no de las sustancias o de las situaciones, sino de una vida vacía de amor por los demás y por uno mismo, toxicómanos de vivir en la espiral del subidón y el bajón, toxicómanos enganchados a sentirse mal de forma permanente. Toxicómanos de la soledad.

 

Todos muestran una serie de características comunes: Tienen entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años, formación universitaria, ingenieros, abogados, economistas, arquitectos, políticos, actores, más hombres que mujeres, se creen que “dominan” la situación, pero son conscientes de su “pequeño problema”, sienten autocompasión, han deshecho su matrimonio o pareja sentimental, ligan mucho pero les abandonan rápidamente, cuando sus parejas se dan cuenta del problema, se niegan a reconocerse como toxicómanos y a tratarse como tales, entre otras cosas, porque saben que nunca, nunca más, podrán probar el alcohol, el juego o las drogas, como nunca más yo he vuelto a fumar.

 

Empezaron con la situación por falta de confianza en sí mismos, por fracasos amorosos o profesionales, por minusvalorarse cuando, todos ellos, tienen una formación y una educación desde pequeños muy por encima de la media, destinados a ser triunfadores en la vida. A lo peor, ese es su problema, que no han alcanzado sus propias expectativas.

 

Toxi 2

Nuestra misión como Voluntarios es tratar de convencerles, y llegar a conseguirlo, hacerles comprender que tienen un problema que está arruinando su vida, que deben someterse a un tratamiento para salir de ello, que aunque su situación les produzca satisfacción momentánea, gozo masoquista y estén instalados en un punto que les sirve para olvidar sus otros problemas, los verdaderos que todos tenemos en la vida, se están matando lentamente y perdiéndose las cosas bonitas de su existencia.

 

Ahí acaba nuestra misión, que es más difícil de lo que parece a simple vista, persuadir e inducir a que acepten, y se pongan, en tratamiento. Luego intervienen psiquiatras, psicólogos y terapeutas. Y como son inteligentes, el resultado es prácticamente del cien por cien de recuperación. Pero todo empieza en la firme voluntad de ellos mismos por curarse, pues enfermedad son todas esas situaciones.

 

Por favor, amigo, a ti que te permiten juntar letras impresas, hazme el favor de hablar sobre este tema, que después de trabajar tantos años, esto que estoy haciendo ahora es la mayor satisfacción de mi vida, ayudar a personas en plena madurez de su existencia a que sean felices.

 

Que conste que este no es un cuento de mi amigo Paco El Loco. Es una realidad de la vida. Dicho queda, amigo.

 

 

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