Sin acritud

El año ha comenzado con la muerte, en acto de servicio, de un policía, empujado a las vías del Metro de Madrid por un individuo nacido en Costa de Marfil, de 27 años y al que le constan nueve detenciones anteriores.

Mi pregunta es: ¿Qué hubiera pasado si hubiese sido al contrario? De supuesto incidente de forcejeo con resultado final de homicidio involuntario, se hubiera pasado a asesinato en boca de los contra culturales, revolucionarios y vividores del alboroto callejero.

El archivo que sigue a continuación es de internet, autor desconocido, año 2011:

Juan y Andrea, los protagonistas de esta patética historia, son dos agentes de la autoridad destinados en el mismo sitio, compañeros de patrulla en muchas ocasiones. Ilusionados, hasta entonces, se jugaban la vida todos los días codeándose con delincuentes, maltratadores, ladrones y demás sinvergüenzas, contentos de hacer un bien a la comunidad y creyéndose respaldados por el sistema judicial.

Sin embargo, un día, Andrea es agredida por un chico de unos 22 años de origen marroquí. Ella sólo le había pedido el DNI en un control de documentación establecido cerca de una zona de marcha. Al darse la vuelta, él se abalanzó sobre ella y le dio una patada en la espalda con tal fuerza que no sólo la tiró al suelo sino que le produjo un grave esguince cervical de grado III.

El agresor, que es detenido de inmediato por atentado contra agente de la autoridad, no sólo no se mostraba arrepentido, sino que incluso increpaba a los agentes por permitir a una mujer tal actitud. Él sólo hizo lo que los agentes presentes deberían de haber hecho, lo que manda su religión. O sea, que todavía tendríamos que darle las gracias por joderle el cuello a nuestra compañera. Total éxito de la alianza de civilizaciones y de la integración social de los emigrantes. Me recuerda a ese cartel que un anónimo musulmán enarbolaba en una manifestación en Londres en la que decía: “No a la democracia. Queremos justicia islámica”.

Pues bien, el detenido, tras pasar 24 horas en el calabozo, donde continuaba insultando a los agentes y deseando haber roto el cuello a nuestra compañera (literal), es conducido al juzgado para ser puesto a disposición judicial. Juan, el otro agente protagonista, sería uno de los agentes que lo custodiara. Durante el camino, y también ya en los juzgados, el detenido continuaba increpando a los agentes y deseando la muerte a nuestra compañera.

Así hasta que comienza el juicio. Allí estaba nuestra compañera, llorando, dolorida, aterrada, con un collarín y sin abogado. El detenido lo niega todo, habla de agresión por parte de los agentes que lo custodiaban, de racismo, vejaciones…, incluso menciona que uno de los agentes sacó su arma para amenazarle en el calabozo (sin lugar a dudas, las cámaras del calabozo tiran por tierra esta grave acusación).

Acaba el juicio, el detenido es conducido por los agentes hacia el calabozo del juzgado. Los agentes que lo custodiaban, hartos de aguantar sus comentarios, muy mosqueados después de asistir a sus declaraciones en la vista oral, y después de escuchar como el detenido comentaba: “menuda carita que tenía la zorra” en referencia a nuestra compañera, recibe un “Cállese de una puta vez” por parte de Juan que, sin saber cómo, presenció Su Señoría, quien lo llamó inmediatamente.

 

 

RESULTADO:

* Juan recibe la comunicación por parte del juez de que le aplicará régimen disciplinario, proponiéndole para una sanción. Además, el juez informa al detenido del derecho que tiene a denunciar a Juan por lo ocurrido.

* Andrea se tira 22 días de baja.

* Sale la sentencia. El reo es condenado por amenazas (60€), condenado por una falta que el juez cataloga como de “agresión sin lesión” (0€), y condenado por resistencia grave a agente de la autoridad (120€).

* Juan fue expedientado y le metieron 8 días de haberes por mandar a callar al detenido, y está pendiente del juicio por la denuncia del agresor de Andrea que, con toda probabilidad, juzgará el mismo juez, pudiendo incluso ser inhabilitado.

* Por cierto, Andrea no cobró indemnización alguna por parte de su agresor, por lo que, al haber estado de baja, su sueldo se vio mermado aquel mes, encima.

* Al condenado le caen 180€ de multa que ni pagará, ni será expulsado del país, ni dejará de costarle dinero a España (El juez entiende que las lesiones a nuestra compañera, los insultos y amenazas, la comida del detenido, una patrulla toda la tarde y otra toda la noche para su custodia, así como otra pareja por la mañana para acompañar al detenido al juicio, es decir, el sueldo de un día entero de 6 efectivos que no salen a la calle a servir al ciudadano, más los gastos del juicio y demás milongas, sólo le va a costar 180€ al detenido, que no pagará por ser insolvente. ¿Cuánto le habrá costado al Estado la bromita?

Da aquí da igual que seas guardia, mosso, policía nacional, local…, o lo que sea… Esta historia es real, me da igual que no me crean, la escribo con el corazón, en apoyo a mis dos compañeros, los que trabajamos en esto, sabemos que estas cosas ocurren y que los jueces, o las leyes, no nos apoyan.

Andrea sigue hundida, tanto por las lesiones como por la segunda patada
que le ha dado la justicia. Ya no quiere salir a la calle, tiene miedo…, miedo a la justicia.

Y por último, no busquen la noticia por internet ni en los periódicos ni la esperen en televisión, pues no la encontrarán… (ya la he buscado yo). Las agresiones a los policías no le interesan a nadie. Bueno, tal vez si la encuentren. Eso sí, busquen titulares tales como: “abusos policiales”, “racismo policial”, “súbdito marroquí sufre amenazas y vejaciones por parte de agente de la autoridad”. Ahí puede que encuentren algo. Aun así, somos servidores de la ley y la sociedad.

Publicado en el Blog de Campos el 02 enero 2015

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One response to “Sin acritud”

  1. Joaquín Ramos says :

    Sí, Antonio, tú aciertas respondiéndote a la pregunta que te haces. Sin duda, la mayoría de la sociedad opina lo mismo en su interior, sin embargo muchos votan a Partidos no precisamente contraculturales, pero que aprovechan estos lamentables incidentes para, por lo menos, cuestionar maliciosamente la acción policial y “arroparse” en una aplicación de las leyes -que no en su espíritu reparador- que benefician un “buenísimo fundamentalista” e interesado políticamente.
    Nuestra sociedad, tan soliviantada ahora y con razón sobre la maldita corrupción generalizada en lo económico, debiera pasar del lamento a la acción frontal en cuanto a la defensa de los valores de convivencia, que una conducta de esta época irresponsable y a veces miserable, arruina sentimientos y conculca la paz de los pacíficos.

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