Evolución del vocabulario

Evolución del vocabulario

Yo no fui al colegio; iba a la escuela, se llamaba “La Cantina” y allí aprendí a leer y escribir. Con siete años me matricularon en la escuela Carlos Eraña, que muchos años más tarde supe se había llamado Pablo Iglesias, y que era en la que hacían prácticas los alumnos de la Escuela de Magisterio preparándose para la oposición a Maestro Nacional.

Con diez años llegué al único Instituto de Enseñanza Media que había en toda la provincia, en la capital de la misma, a estudiar el Bachiller. Seis años, con dos reválidas, de clases provincianas con cincuenta alumnos por clase, sentados por orden alfabético de los apellidos, y cuyo mayor tesoro era el bocadillo de sardinas de lata envuelto en papel de periódico o, los más pudientes, en el de estraza, a devorar en el descanso de las once de la mañana.

Instituto 02

El Latín y el Griego estaban presente en cuatro de los seis años que duraba el Bachiller, los mismos que Física, Química, dos más que Ciencias Naturales, Historia y Filosofía. Literatura, Matemáticas, Geografía e idioma, a elegir entre francés o inglés, eran las asignaturas presentes en todos los cursos. Luego había otra serie de materias de forma puntual en cada año, y “las marías”, Dibujo, Religión, FEN, Gimnasia y alguna más de menor relieve. Todo teniendo que aprobar el curso completo en la primera convocatoria de junio, con una nota superior al notable para poder tener una beca que permitiera no gravar la depauperada economía familiar de la época.

Cuando fui al Servicio Militar, después de hacer la instrucción de recluta, me destinaron al RAIL, Regimiento de Artillería que había en esa ciudad, en donde me encontré con hombres, entonces no había mujeres soldados, vascos, catalanes, asturianos, canarios, madrileños, la mayoría con estudios universitarios y, de una u otra forma, contrarios al régimen político del momento.

No era casualidad; estaban allí desterrados, apartados de la circulación política y de su patria chica, a doce o quince horas en tren, único medio de transporte generalizado entonces, hasta su residencia habitual.
Me vino bien aquel destino, alguna vez me he preguntado si lo mío no fue también un destierro, que no sé quién lo firmó, pero me puso en mi casa y, además, conocí a mucha gente que luego ocuparía importantes cargos políticos y empresariales, unos legales y otros no tanto, cuando llegó la democracia, y con los que todavía conservo amistad.

Años después me encontré a uno de ellos en un sitio políticamente caliente; nos miramos, no dijimos nada, y cada uno siguió su destino.

Fue entonces cuando recordé que en el Instituto que estudié había muchos profesores de diversos puntos de España, todos muy alejados de dónde estaban dando clases.

FEN era Formación del Espíritu Nacional, algo así como aprendizaje del pensamiento franquista. El profesor, segoviano, lo que hacía era incitarnos a la lectura de autores españoles, Siglo de Oro incluido, en voz alta y por parte de todos los alumnos, con la indicación de “Leer alto, claro y despacio”. Sin adoctrinamiento de ningún tipo. Allí aprendí a leer bien en público.

El de Religión era un cura que se fugó con la hija de un Comandante del Ejército.

El de Filosofía, Mosén Onofre, catalán que nos decía “vostetes”, hablaba siempre que “el Concilio de Nicea se volverá a estudiar cualquier día de estos”.

El de Física era un catedrático loco, alto, enjuto, hubiera pasado por Don Quijote en cualquier ficción, autor de muchos libros publicados y todos sus experimentos en el laboratorio acababan en explosión.

El de Matemáticas Elementales, vasco, siempre nos recordaba que “ustedes no van a saber llevar ni la contabilidad de un puesto de pipas”.

El de Matemáticas Superiores era catalán, daba la clase paseándose constantemente, decía “a la media volta”, hablaba de la identidad plural, de la elasticidad de los números para que todos cupiesen en la pizarra.

La catedrática de Ingles nunca ponía notas numéricas, solo en la calificación final de año. Hasta ese momento, calificaba los trabajos con B (bad) – VB (very bad) – G (good) y VG (very good).

El de Ciencias Naturales era un canario que siempre hablaba de un tal Darwin, los monos y el conocimiento racional.

Geografía la impartía el Profesor Fisac, que era una enciclopedia andante. Nacional, europea, mundial, nombres, nombres, nombres, todo lo que hoy se puede encontrar en un ordenador lo tenía ese hombre en su memoria.

La profesora de Literatura era una belleza de la que estábamos enamorados todos los alumnos. Todas las semanas teníamos que leer, fuera de clase, un libro diferente, y hacer una redacción sobre él, que se corregía en la clase siguiente. El más osado le escribió una poesía: “Amor, amor, amor / amor amada mía / amor, amor, amor”. Me acuerdo como si hubiese sido ayer, se la leyó en público, ella se ruborizó, y ahí acabo la cosa.

La catedrática de Latín era una catalana de edad indefinida, que igual podía tener treinta y cinco que cuarenta y cinco años. Se llamaba Dña Eulalia Rodón Binué, fundadora de la Sociedad Española de Lingüística, muerta en diciembre del año pasado en su Cataluña natal.

Hablaba varios idiomas, entre ellos catalán y español, sin que sintiera remordimiento de conciencia. Hace ya muchos años, fue la primera persona a la que oí decir que la Real Academia Española de la Lengua debería incorporar el lenguaje del pueblo al diccionario y no al revés, que el pueblo hablase solo lo que el diccionario recogía. Se ha ido sin ver plasmada su idea, por la que luchó durante toda su vida. Gayumbo, emplatar, gruista, mileurista o sociata, entre otras, han incorporado el hablar popular allí donde se “Limpia, fija y da esplendor” a la lengua española.

El presente es un pequeño homenaje a ella, por lo que me enseñó de latín, y a pensar.

Espero le haya guardado un sitio a D. Francisco Javier García Gutierrez, Paco, maestro vocacional de tantas generaciones de alcalaínos, entre ellos mi hijo primogénito, que ha llorado su muerte por lo que le transmitió y, sobre todo, por ser buena persona, que es lo que él quiere llegar a ser.

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