T I N T I N E A

T I N T I N E A

En el mes de agosto se celebran Ferias y Fiestas en muchísimas ciudades y pueblos de España. Este es un artículo publicado en El Día de Ciudad Real en el año 2003, cuyo sentimiento se repite todos los años por parte de creyentes, agnósticos y ateos, que se alimenta de algo interior que nadie sabe identificar pero nadie niega de los que allí concurren. Mejor así. Cada uno, en paz consigo mismo.

 

 

¡Qué guapa está la Virgen! ¡Hace más de una hora que se inició la procesión y sigue incorporándose gente a las filas! ¡Vamos saliendo! ¡No os quedéis en la puerta! ¡Que es nuevo el señor Obispo! ¡No encendáis las velas hasta que no salgáis del Prado!

Tintinea. No se puede describir de otra forma, tintinea. Y su sonido no es sonido, es comunicación, es comunión, con los fieles que pacientemente aguardan su paso, y con sus fieles que empujan la carroza.

Pero ¿es que alguien empuja la carroza? No empuja nadie, parece que empujan pero en realidad no empuja nadie, porque todos quieren prolongar su tiempo cerca, muy cerca de la Virgen.

Y tintinea, lo que significa que, en vez de empujar, se va reteniendo y en contraposición a la fuerza con la que se desliza, tintinea. Tintinea en todo el recorrido, y es único y común el semblante de satisfacción de los hermanos que esperan su turno para empujar, perdón, para tintinear … ¿Quién empuja entonces?

Empuja el escultor, oso de gubia en mano, modelador de descanso eterno.

Empuja el químico, que sembró sus jóvenes versos en una cerrada curva.

Empuja el vinatero, con parte del vaso en sus ojos y el corazón siempre presto a ayudar.

Empuja el maestro de escuela, vida ajada en patio de normales piedras.

Empuja el soldado, raso, de tabla rasa y rasa losa.

Empuja el entrenador, cabezón, doble, ¡dobles!, ¡los cinco fuera!.

Empuja el cristalero, rota la yugular por enfermedad temprana.

Empuja el bicicletero, que guarda la sonrisa permanente de su hija.

Empuja el practicante que hervía la jeringuilla y soplaba después la aguja para desatrancarla.

Empuja el que decía ser árbitro, partido de fin de semana homosexual.

Empuja el vagabundo, tieso de frío en anisada noche.

Empuja el hojalatero del vaso de leche en polvo, que sopló el soplete hasta que explotaron los pulmones.

Empuja el galán de luces multicolores con fondo de saetas y faralaes.

Empuja el sereno que guardaba la vuelta a casa tras noche milonguera.

Empuja el de tez enjuta y renegrida, con el pecho roto en reyerta traicionera.

Empuja el cineasta, el que tendría que haber sido y no fue.

Empuja el cansado viajero, conservado en ginebra, con miles de kilómetros de andén a sus espaldas.

Empuja el abuelo que esperó ver al nieto para cerrar los ojos.

Empujan estos, y empuja hasta el que los llevaba, subidos para siempre en la carroza.

 

Pandorgo año 2000

Y empuja el catedrático solemne, el cirujano afamado, el investigador callado, el banquero discreto, el mancebo de preguntas sin respuestas, el informático calvo, el progre de mayo del sesenta y ocho, el pintor de brocha gorda, y el de exposición americana, el albañil del andamio, el vigilante jurado, el cartero diligente, el empleado de la basura, el inspector de impuestos y el economista que coloca botes de zumo en un supermercado y que, quieto, callado, muy en silencio, pide a la Virgen más recorrido.

Y empuja el enamorado y el desenamorado, el que espera y el que desespera, el jubilado y el prejubilado, el letrado y el iletrado, el ferretero, el arquitecto, el periodista, el tendero, el electricista, el abogado, el zapatero, el futbolista, el rey del martillo, y el joven que acaba de cumplir dieciocho años y se incorpora por vez primera.

Y empuja el que es feliz y también el que cree que su carga es mayor que la del Gólgota, el empresario privado junto al servidor público, el maestro y el alumno, el padre y el hijo, y el que quiere volver a sentir que su sangre es roja.

Y empujan todas las mujeres, con la fuerza de la razón sobre la sinrazón de no poder empujar por eso, por ser mujeres, casi nada, lady.

El Pilar. De Zaragoza. Un maño, de barba y humo empedernido. Y un manchego errante. ¡Qué bonita es la Señora ! ¡Y la del Prado! ¡No compares! ¡Eso …!

Empujan estos, y tantos y tantos otros que, sin tener clara la espera, se aferran a la Morena del Prado.

Agosto 2003
Antonio Campos Fernández

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