Pétalos de primavera

Mucho corcho, decía Acuña, cada vez que llegaban nuevos trabajadores a la fábrica. Acertaba la mayoría de las veces, porque los alcornoques, árboles y hombres, espabilaban y crecían con el paso del tiempo, soportando arañazos de animales, picaduras de pájaros y nidos ajenos.
Su abuelo paterno, originario de Las Hurdes, en la Extremadura profunda, muy profunda, aquella a la que llegó en burro el rey Alfonso XIII, era mielero, con cuyo producto llenaba los pellejos y las albardas para recorrer los pueblos de la comarca y así poder mal alimentar a la prole.
Su padre, criado en el campo, conocía todas las hierbas, sus usos y utilidades. En los últimos años del franquismo se inventó una pócima que vendía en frascos reciclados de tomate frito y pimientos morrones, que decía curaba la artritis. Creo recordar que lo hacía con laurel, hojas de olivo, prímula, ajo, perejil, moras silvestres, glicerina y otra serie de componentes que eran el secreto mejor guardado de la fórmula mágica. Al principio le fue bien y vendió muchos frascos, pero pronto dejó la gente de ir por el pueblo, pues era más el efecto placebo que la efectividad del emplasto aplicado a la parte dolorida.
Si las personas somos de donde tenemos enterrados a nuestros muertos, de allí era Acuña. No medía más de un metro sesenta, enjuto, músculos duros templados en el hacer diario, palabra y acento rural extremeño, o sea, entre andaluz y manchego, nariz aguileña y mentón saliente, que hubieran bastado para centrar su origen sefardí, como muchos años después supe. Hombre desde la cuna, era el mejor amigo de sus amigos y el peor enemigo de sus enemigos.
Como quiera que en esa época se empezaron a producir una serie de incendios forestales que nunca, hasta entonces, habían tenido lugar, algunos decían que empezaba a ser negocio eso que luego se llamó turismo, se trasladó a la comarca del Jerte y, con lo poco que había recibido de herencia, compró unas hectáreas de cerezos, baratos entonces porque todo el mundo pretendía marcharse a las grandes ciudades, el campo era duro de trabajar, tierra de suelos pardos, regados en su interior por aguas cristalinas nacidas en puertos de montaña, estrechas carreteras en mal estado, antes porque no iba nadie, ahora porque no hay dinero, que se van nutriendo de gargantas de agua que llegan al llano con alegre estrofa cantarina, equilibrio de la naturaleza, sin aires que se lleven los pétalos de las flores.
La sabiduría de la calle, de quien ha pasado muchas necesidades y ha visto, oído, y asimilado, todos los tropiezos a los que le ha llevado la vida, hizo que rápidamente se diera cuenta que aquello podría tener buen futuro, montó una pequeña fábrica, que fue creciendo con el tiempo, el dónde reunió todos los elementos productivos que podían obtenerse de las cerezas, o para ser más exacto, de las picotas de color rojo oscuro, fruto achatado, hueso grande, carnosas, sabrosas y con retrogusto de terciopelo almibarado.
Las vendía como fruta al natural, hacía licor con ellas, primero trasegando anís en el que conservaba las picotas durante nueve meses, al término de los cuales se producía un nuevo mejunje que identificaba como original de la zona, más tarde los licores destilados de la propia picota, mermeladas, rellenos para bombones, y el grano para las calderas de calefacción.
Con el desarrollo de las Autonomías, las picotas del árabe Jerte fueron adquiriendo fama internacional, proliferando el turismo de tal forma que cuando llega la multicolor explosión de su flor, se ocupan, a precios exagerados, hasta los chozos de piedra con techo elíptico que como abrigo de pastor se encuentran repartidos por toda la zona.

 

 

Todos los años, diez días después de llegar la primavera, el Valle del Jerte está en todo su esplendor; si lo miras desde arriba, una nube algodonada; si lo miras desde abajo, blancos pétalos y pistilos rosa que calman y regocijan el alma, y un sol que se cuela entre árbol y árbol hasta llegar a sus raíces, abonadas con el espíritu de todos aquellos extremeños que, por cualquier circunstancia, tuvieron que salir en busca de una vida mejor, supongo que económicamente, porque si el cielo existe, tiene que ser algo parecido a la tranquilidad y paz que allí se respira.

 

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