Aquí estamos – Cuarta parte – Futuro

   * Viene de la semana anterior

Tampoco la monarquía española está en su mejor momento. Aceptada por los ciudadanos mediante votación favorable en el conjunto de la Constitución de 1978, convertiría al Rey en un Jefe de Estado inviolable e irresponsable ante la ley. Durante muchos años ha habido un pacto no escrito entre todos los entes sociales, de defender la imagen monárquica, a título institucional y personal, en grado máximo por todos los Presidentes de Gobierno habidos, recordando siempre las experiencias traumáticas de las dos Repúblicas que han existido.

Pero hace algún tiempo que ese pacto se ha quebrado, a nivel nacional y sobre todo internacional, apareciendo diversas actuaciones, arco abierto, alrededor de la Casa Real, que han cuestionado la idílica imagen que se transmitía. Las esperanzas de futuro están puestas en el Príncipe Felipe, y si será capaz de recobrar la adhesión mayoritaria para la monarquía, otra de las grandes cuestiones de estado del periodo democrático, que tiene paralizada una modificación constitucional.

El paro juvenil desbocado, el desarraigo social, la protesta estudiantil, los movimientos ciudadanos, la reivindicación de los menos favorecidos, la impasividad del voto sumiso cada cuatro años, ponen de manifiesto un día sí y el otro también, el deterioro de la convivencia, con un segmento de la población que, al igual que ocurrió en Europa al final de los años sesenta del siglo pasado, está siendo postergada y su futuro es peor, bastante peor, que el que han tenido sus padres. Todo ello en un contexto en el que los inversores internacionales se están empezando a poner nerviosos porque, pese a los recortes habidos, no parece que se vayan a cumplir los objetivos de déficit público previsto para el presente año.

Lo analizado en los cuatro artículos que componen el todo de AQUÍ ESTAMOS, me inducen a pensar que el futuro, más cercano que lejano, pasa por un periodo de humildad a todos los niveles, firmeza en la renuncia a canonjías adquiridas, y pactos políticos mediante coaliciones. Pero, ¿cuáles, de qué tipo y con qué intensidad?

Cómo explicaría la profesora Carmen Chacón, aspirante en la sombra a liderar el PSOE, en el Miami Dade College de Miami (Estados Unidos), una hipotética alianza post-electoral PSOE-IU que, en mi opinión, no llegaría a alcanzar la mayoría absoluta, ¿significaría que el Partido Socialista vuelve a abrazar el marxismo y el anhelo de la dictadura del proletariado, y por tanto el desencuentro frontal y definitivo con la parte más centrada de su propio centro-izquierda? ¿Y ante nuestros banqueros alemanes, cuyo partido homólogo SPD podría haber formado coalición con el Partido Comunista, cosa impensable en su mentalidad, y en cambio apoyó y formó gobierno con el partido de la señora Merkel, sin que nadie se rasgara las vestiduras?

De alguna forma, habrá que contar y consensuar tanto con UPyD como con los partidos que recojan los votos de los que, como decíamos la semana pasada, desean la unidad de España, del 22% de ciudadanos (más de la totalidad de la población de Cataluña) que, según encuesta del CIS de finales del año pasado, no quieren autonomías, de los jubilados descontentos que tienen que pagar las medicinas, pensiones cuasi congeladas, partidarios de la igualdad de los españoles de todas las autonomías y desencantados de aquellos que llevan mucho tiempo viviendo de las arcas públicas.

Alternativa más amplia: Incluir a los partidos nacionalistas. He sido maketo y charnego en diferentes etapas de mi vida, y tengo allí buenos amigos. Me dicen que en Euskadi ganará el PNV ante la división de la izquierda abertzale, que quiere seguir la misma hoja de ruta que sus homónimos catalanes; y en Cataluña, ERC junto a otros conocidos conmilitones locales, van a liderar como único objetivo la independencia, por todos los medios a su alcance.

Otra opción, de gran dureza mental para los que están deseando tocar poder, es la coalición PP-PSOE, posibilidad apuntada por el ex Presidente del Congreso de Diputados Sr. Bono: “Yo me entendería mejor con el PP que con el Sr. Cayo Lara”. Son los dos partidos sistémicos de España, los dos más centrados y coherentes con el devenir del siglo XXI, no están anclados al pasado y mantienen la cohesión nacional, postulan la libertad de mercados, la propiedad privada, la democracia integral y no mantienen posturas extremistas, han sufrido en sus propias carnes la soledad y los avatares del mando, tienen preparación, experiencia y capilaridad de contactos a nivel mundial. Pero a ambos les falta un líder que, además de político, sea estadista.

Hace ahora dos años que escribía en estas mismas páginas: Es necesario llevar a cabo una refundación del Estado mediante un pacto y coalición con la participación de todos los partidos políticos en cuyo ideario no consten reminiscencias dictatoriales de ningún tipo, desde la ley y el Parlamento, que son los únicos representantes legales del pueblo en una democracia.

Esta alternativa, con amplia mayoría absoluta parlamentaria, permitiría una segunda transición política pacífica, modificando la Constitución mediante consenso con el resto de partidos y posterior referéndum nacional en el que se votaran, una a una, las modificaciones propuestas por los políticos. Democracia participativa de la Grecia clásica.

Están cerca las elecciones al Parlamento Europeo, a las que no se concede mucha relevancia en España, porque la mayoría de ciudadanos desconocen su composición, representantes por cada nación, partidos y coaliciones existentes, y normalmente con una abstención que hace que no sirvan como termómetro definitivo para un mapa político nacional completo.

Vendrán después las Autonómicas, en donde se perfilará el calado de los partidos nacionalistas y donde pueden volver a avivarse los rescoldos del fuego hasta convertirse en llamas. Queda todavía mucho tiempo hasta las próximas elecciones generales, en el que tanto PP como PSOE pueden recuperarse en votos, o hundirse y producir una fragmentación de impredecible resultado para España, que podría convertirse en un país ingobernable, en todos los aspectos.

Confío que cuando llegue el momento, se impongan los objetivos generales a las ambiciones personales, de tal forma que la coalición resultante sea la mejor para la mayoría de españoles y por tanto para España.

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