Paco “el loco”

Año nuevo, mismos dilemas, renovadas expectativas. Para el poeta, reunido consigo mismo en noche de insomnio, el tránsito de Nochevieja no deja de ser “Diana de cáscara multicolor,/fuegos de artificio,/refugio de deseos incumplidos/y fracasos de un deudor/que, en primera persona,/busca un nuevo alumbramiento/de su propio yo./Campo de esperanza/en el futuro que ya es hoy,/nuevas ilusiones en ajados proyectos/construyen la solidez de los sueños,/para que la próxima nochevieja/no se confundan las campanadas/con los mismos lamentos”. Feliz año nuevo a todos.

Y ¡cómo no!, a mi amigo Paco, que decían estaba loco. Yo no lo creo. Iba periódicamente a la “Casa de Salud” que existía a la salida de la ciudad, en una pequeña colina en lo que, hace años, fuera el hospital de tuberculosos. Descubierta, y aplicada, la vacuna que acabó con esta enfermedad, desinfectado a fondo el edificio, zotal en cantidad, nadie osara protestar por los vapores del desinfectante, se reconvirtió en manicomio y luego en lo que hoy era pomposamente “Casa de Salud”.

Solo cuando bebía mucho vino, peleón, y no comía, le daban accesos de locura, rojo como la ira, porque según los curas la ira era roja, baba blanca en la comisura de los labios, estertores del infierno, y una fuerza descomunal que no era capaz de controlar entre tres hombres recios. Pero eso solo era muy de tarde en tarde cuando, como he dicho antes, bebía mucho vino, cosa que no estaba habitualmente a su alcance. Y en la citada “Casa de Salud” lo arreglaban inyectándole dilución de aguarrás.

Su problema mental confundía a mucha gente, hasta tal punto que muchos creían que era tonto, uno de los clásicos “tontos de pueblo” que siempre han existido, y existirán, bajo caracteres y pátinas diferentes, de los que todo el mundo cree tener derecho reírse a su costa.

Era amigo de toda la ciudad; saludaba a la gente, pedía, y obtenía, un pitillo a cualquiera con el que se cruzara, hacía recados a las amas de casa, dirigía el tráfico a la salida de los colegios, asistía a todos los entierros, ayudaba a misa en la iglesia … En fin, salvo en los momentos de trastorno mental, un hombre que gozaba de la confianza de sus conciudadanos.

Tal confianza obtuvo que, cuando el confesionario quedaba libre de ocupación por el sacerdote de turno, en la oscuridad de la iglesia, Paco atendía el puesto evangélico en su lugar, y así estaba siempre al día de los pecados de los y las parroquianas que acudían a poner de manifiesto sus tropiezos, con preferencia en temas sexuales y relacionales, de pensamiento, palabra y obra, por acción u omisión.

Ni que decir tiene que no era nada tonto y que la mente la tenía obnubilada solo en algunos momentos, pero el resto, sacaba provecho a los conocimientos obtenidos en el confesionario, principalmente en el aspecto sexual, pues le disparaba a todo lo que se movía siempre que fuera mujer; en alguna ocasión en que habíamos compartido algún que otro cigarrillo, borró de mi mente aquello de que solo pueden ser infieles las guapas y estilizadas; me juraba y perjuraba, en letra pequeña, que cuanto más feas, más activas sexuales.

Los cipreses lloraban sombra con munificencia suficiente para que se refrescaran los muertos. Junto a uno de esos cipreses, retirados de la fosa en la que estaban enterrando a un concejal del pueblo, infarto fulminante por estrés laboral, me dijo que conocía muchas historias, que como yo era su amigo – dame un cigarrillo, amigo – me iba a contar muchos cuentos que había escuchado de quienes buscaban la luz del más allá.

Un cuento es una historia corta, breve, con un argumento sencillo, fácil de entender y basada en hechos ficticios, o que enmascaran hechos reales, pero que parten de un acto que se desarrolla en un universo incierto de ubicación, personajes y acontecimientos.

Cuando se habla de cuentos, es obligatorio citar a León Felipe: “”Yo no sé muchas cosas, es verdad. / Digo tan sólo lo que he visto. / Y he visto: / que la cuna del hombre la mecen con cuentos, / que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, / que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, / que los huesos del hombre los entierran con cuentos, / y que el miedo del hombre… / ha inventado todos los cuentos. / Yo no sé muchas cosas, es verdad, / pero me han dormido con todos los cuentos… / y sé todos los cuentos””.

En una fecha indefinida, en un país ignorado por el resto del mundo, el Reino de Francolandia, el vivir diario era un cuento lleno de matices en sí mismo, condiciones  difíciles, trabajo duro desde hora muy temprana hasta muy tarde, solo se pedía prestado al dueño de la tienda de ultramarinos del barrrio, que se pagaba con celo el sábado al cobrar la soldada semanal, la calefacción era un brasero o una estufa común para toda la casa y el entretenimiento diario reunirse alrededor de una radio, muy grande, enorme, con carcasa de madera barnizada a muñequilla, conexión eléctrica de baja potencia y cortinillas de tela confeccionada con sumo cariño por la mujer de la casa, en la que cada noche saltaba al aire “Cuéntame un cuento, abuelita”, donde una abuela, de las de entonces, contaba a su nieto un cuento, con el que conseguía que el niño/a se durmiera dulcemente y soñando con los angelitos de turno.

El cuento siempre era blanco, tanto por su contenido como por su procedencia, generalmente de autores de países nórdicos, aunque casi nadie sabía eso en aquellos entonces. Siempre tenía un final feliz, los príncipes se casaban entre ellos, el bueno ganaba a los malos, y triunfaba el bien por encima de todo.

Con el transcurrir del tiempo, todos tenemos nostalgia, de algo y de todo, pero, principalmente, de aquello que más íntimamente queremos. Cuando van pasando los años y quedando gente en el camino, los agradecidos, conocidos y asimilados, por cualquier circunstancia, son menos cada instante, y al final solo te quedan algunos amigos, pocos, y la familia que, con certeza, son los únicos que de verdad te quieren.

El momento más terrible de un entierro es el adiós definitivo, cuando suena el caer de la tierra sobre la caja del muerto. Paco, en la distancia, al unísono con el sacerdote que oficiaba, levantó su mano y dejó su bendición: In nomine Patris et Filii et Spiritus Santi, Amen. Sit tibi terra levis. Y no tengas prisa en esperarnos. ¡Jope con el tonto!

Con este espíritu de locura ocasional en cordura convencional, pretendidamente libre ideológica y socialmente, iniciamos un nuevo año y proyecto, pequeños relatos en los que los personajes, las situaciones, las opiniones, serán la exposición de un cuento, historias figuradas que solo pretenden servir como materia de debate y pacífica discusión, sin que, ni hoy ni en el futuro, nadie se considere aludido de lo que pudiera publicarse bajo el título que encabeza estas líneas “De profesión polemista”.

 Publicado en PUERTA DE MADRID de ALCALA DE HENARES el 18-01-2014

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